miércoles, 27 de julio de 2016

El País de los Diez Minutos

Cuando era niño me exasperaba escuchar a mis amigos responderme: "Mañana te lo traigo". El baboso de Sergito había prestado un libro, libro...libro, de ésos que tienen muchas hojas cosidas o engomadas, pegadas del lado izquierdo, y se van leyendo pasando las hojas con las manos -usualmente una por una y los mal educados mojándose con saliva los dedos para que no se les peguen (las hojas)- desde el principio hasta el final. Muchos de mis actuales lectores apenas habrán conocido uno o dos libros en su vida. Algunos, tres -aunque no los recuerden-. La mayoría, ninguno. O sólo los de texto. (Los detesto). Pero los libros de texto no se leen, se estudian. Bueno, ése es un eufemismo inexistente en nuestro país. La mayoría de nuestros "estudiantes", ni los leen, ni los estudian.
Antes, en un mundo perdido, solíamos leer. Libros. Bueno, tampoco te adornes mucho, papá; que ustedes, de jóvenes, hayan leído más libros en tus tiempos es porque no había Internet. Si hubiesen existido la Red, Youtube, Twitter y Netflix, los libros también les habrían valido madre, como a nosotros, o no? Y eso de que los leían, pues uno que otro, porque la táctica de presentar un resumen o un ensayo sobre alguna novela de Dostoyevsky o de Balzac leyendo una de cada diez páginas y por encimita para sacar lo esencial y terminar por lo menos a las cinco de la mañana, bañarse y tomar corriendo el camión La Villa-UNAM, ha existido desde siempre. Hugh Hefner halló el elemento fundamental para introducir los desnudos en una sociedad que ya los necesitaba para consumirlos abiertamente: disfrazó a su Playboy de intelectual, les pagó a escritores de peso novelistas famosos articulistas sesudos y envolvió a las conejitas enseña pubis con un celofán de ensayos intelectualoides y moños de arte literario, para que pudieran decir los jóvenes y señores de entonces: "Estoy leyendo el cuento de Bradbury...está muy bueno", cuando en realidad se la estaban jalando a más no poder con el póster central! De modo que, papá, ubiquémonos: Ni ustedes leían tanto ni nosotros tan poquito, que bastante hacemos con leer los 140 caracteres de Twitter, hazaña sin parangón para iletrados que con trabajo terminamos la Prepa o el CONALEP.
Pero leer el prólogo o la contraportada de alguna novela de Murakami en la sección de libros de Sanborns para poder citar una que otra frase cuando te ligues a la güerita de Filosofía en el Starbucks de Satélite, tampoco cuenta como leer, m'ijo, y nosotros, en mis tiempos, de cualquier forma, sí leíamos.
Y los ingenuos, como yo, hasta prestábamos nuestros libros, para no verlos nunca más o venirlos a encontrar en alguna librería de viejo de por Justo Sierra, atrás de San Ildefonso. Mientras eso ocurría, sólo escuchábamos: "Mañana te lo traigo, en serio, Sergio, mañana te lo traigo".
Durante años, México fue considerado y abundantemente analizado como el País del Mañana. "Mañana te pago", "Mañana te lo traigo", "Mañana sí vamos al cine...". Mañana cambiaremos, mañana superaremos la pobreza, mañana ya no habrá corrupción, un nuevo mañana nos espera correligionarios camaradas! Un país donde todo se posponía, donde las promesas se pasaban para el día siguiente, hasta los rotulitos de las misceláneas hacían mofa: "Hoy no se fía, mañana sí".
Pero los tiempos cambian y las relatividades se aceleran. El tiempo se encoge mientras más rápido vamos. Ahora todo va de prisa. Y esa magia del mañana también se nos perdió. Ha sido substituida por la de los diez minutos.
"En diez minutos llego", "En diez minutos salgo para allá", "Tú vete ya, te llamo en diez minutos""DeverasyaestoyterminandoeldiseñoenunosdiezminutostelomandoporYouSendIt...".
Y la frase máxima: "Ya estoy lista, en diez minutos bajo".
(Silencio total)
O una mejor: "Tenemos diez minutos, lo hacemos?
(Música de Morricone, o algún tango à la Gato Barbieri para "El Último Tango en París")
Mi MANTEQUILLA.....!!!!!!
En fin.
El mañana de antes era poético y de algún modo daba cierta esperanza. En una noche pueden suceder muchas cosas, hasta modificarse la inclinación del eje de rotación terrestre...
Pero "diez minutos"? Además de burda y simplona la expresión nos convence de que nos están tomando el pelo y de que nuestro interlocutor ha escogido un lapso de tiempo menor para resultar más convincente: Seguro que si le digo "en diez minutos estoy ahí" la idiota se la va a tragar completa (la frase). Y la que escucha no es tonta y sabe que le dices "diez minutos" porque tratas de calmarla para que no se vaya y espere un poco más, sólo un poco más. De poco en poco acabará esperando lo que hagas de Reforma a la Nápoles en tarde lluviosa de julio.
Esos "diez minutos" son patéticos para el que los dice y más patéticos para el que se los cree; son burdos y engañosos, falsamente engañosos. Son terribles.
Prefiero aquellos "mañana...". Pero ésos, habrá que irlos buscando cada vez más en este nuevo mundo de mis cosas perdidas.

martes, 26 de julio de 2016

Un día en México City (III)

Me escriben aquellos y -sobre todo- aquellas aventad@s que son fuertes de carácter, de criterio y con personalidad propia. No les importa el quédirá la plebe, la masa, los borregos, los defiendecausasgratuitas, los vecinos sin vida propia. Un vecino sin vida propia adora asomarse cuando haces cualquier sonido, por imperceptible que sea, mira por su ventana cuando oye que sales, que llegas, que te bajas del auto, finge que sale de su departamento de manera fortuita excepcionalmente coincidente con tu salida del tuyo buenos días Efrén qué milagro voy a la farmacia... Explicación no pedida, acusación manifiesta. Salió sólo para preguntarte qué haces, cómo te va, siempre sí sigues trabajando donde estabas? Husmeo, luego existo. Es su lema. Pero el chismorreo de un vecino sin vida propia es, para los fuertes de corazón, irrelevante. Éstos son los que se animan a escribirme, y a seguirme, y a darme retweets y likes en Twitter y comentarios en Instagram ( instagram.com/sergioandrade1o ), sin pena ni miedo ni reservas. Viene esto a cuento, porque entre mensajes de fuertes de carácter y personalidad he de encontrar siempre cosas interesantes, apuntes lúcidos, señalamientos coherentes. Hoy, una instagrama me pidió que no deje de escribir, y que no ande buscando tanto ese mundo que se me perdió, que mejor siga escribiendo y me invente uno nuevo. Mi respuesta a su comentario la encontrarán en Instagram. Aquí valga decir que nel, pastel. Seguiré escribiendo...pero también, buscando. Como mi idioma castellano, Español, para más señas comunes. Mi Español castizo. Ya por los años de los hippies percibía que mi idioma estaba transformado, pero curiosamente, quizá enriquecido por múltiples términos, ésos que son los típicos de cada generación adolescente que se complace en hacer su propio dialecto contra-establishment, anti-adultos. "Qué oso!" decían los cuates. "Aliviánate, carnal", y por ahí. Pero aun así, conservaban los interlocutores ciertos tiempos de los verbos, ciertos modos, algunas expresiones del lenguaje formal. Hoy, por ejemplo, el subjuntivo ya se nos perdió. Rara gente lo usa, ya sea en presente o en futuro. Se limitan los hijos de Axayácatl y doña Inés, deformados por la subcultura y la decadencia -quizá por el Inglés, que no lo tiene como verbo modalmente particular- a pergeñar expresiones mal construidas en presente del indicativo, sea oración condicional, subordinada o de duda o posibilidad futura. "Voy a la fiesta", "Si voy a la fiesta", "Si hoy por la noche voy a la fiesta" y similares planteamientos de acciones muy distintas tanto gramatical como funcionalmente en nuestro mundo de la acción y las posibilidades, son expresadas con el simple y facilón presente del indicativo: "voy". Hace falta ver canales españoles o chilenos para hallar la correcta expresión de esas acciones e intenciones, y para hallar palabras casi extraviadas por los rumbos de la San Rafael: "consumición", por ejemplo. Pero esa parte de mi mundo perdido se afecta más por la presencia de nuevas formas de calificar, de describir. Iba yo por las calles de Anzures en ese viaje buscaportaviandas a la Ciudad de México, motivo de mis memorias de esta crónica en tres partes, y me había detenido a comprar algún helado trash en una tienda trash ( un Cornetto en un Oxxo, pues), cuando alcancé a escuchar "Apúrate bebé, ahorita no pasan carros". Me volví para mirar de qué se trataba y vi a un hombre como de unos treinta años pedaleando una bicicleta de aluminio bruñido fantásticamente plateado con aplicaciones de fibra de carbono... Me imaginé que atrás de él aparecería algún niño o niña de muy corta edad, un bebé casi.....estaba yo tratando de conciliar la idea de un bebé lejos de la mano de su papá o en una bicicleta pequeñita a la deriva, escuchando al padre apurándolo entre mis sentimientos de espanto y peligro por la posibilidad de que el niño saliese a la calle aceleradamente y alguno de los autos lo embistiese...cuando apareció ante mí una gandula como de treinta años subida en una bici similar a la del millennial anzuriano. Ahí entendí: El bebé - la bebé!- era esa mujer, y la palabra era un  término de cariño y chiqueo, un arrumaco, pues, soltado como acostumbran ahora, hacia la pareja amorosa. "Bebé"? Bebé por dónde? O de dónde? Bueno, igual podía ser: "Apúrate, chupito", "Apúrate, churrasquito", "Apúrese, mi ñeñeliqui", o babosadas por el estilo.
Pero el término "bebé" me hizo reflexionar en que haya una tendencia actual, bastante señalada, a querer entender a la pareja como de mucha menor edad, la misma tendencia que haya hecho que sea casi obligatorio rasurarse el pubis y quedar como bebé en cuna de caoba. Así: "Véngase, mi bebé..." y "Mi bebé por aquí" o "Mi bebé por allá", tomarían mucho sentido y serían coherentes en un Starbucks, en el sofá o -principalmente- en la cama.
El tema da para profundizar. El mundo se volvió de bebés lampiños olorosos a limpio jugadores de Pokémon visitadores de Comic-Cons veedores de Supermán vs Batman enviadores de caritas escogedores de emojis babeantes seleccionadores de emoticons, en vez de constructores de frases
racionales lógicamente descriptivas. Y ésa es otra parte del mundo que se me ha perdido. Pero casi da igual, pues también se me ha perdido La Anzures entre tanta mala taquería y tanta mala fonda disfrazada de mexicano gourmet.
Y el "ahorita" del ciclista ?
Nunca he sabido como entender un diminutivo de adverbio. Pero eso ya desde mis tiempos me confundía. "Lueguito". "Despuesito...". "Ahoritititita salgo para allá...!
Y mi portaviandas, mi tiffin famoso?
Jamás apareció, ni por Corregidora, ni en el pasillo seis del Anexo de la Merced. Y si no estuvo ahí, en dónde podría estar en este México donde fuera de México todo es Cuautitlán? Si no en Tenochtitlan...en dónde, pues?(Ya escucho a los toltecas y tarascos quejarse de mi discriminación tribal. No se me escamen. Mejor díganme si en sus ranchos -como el mío- venden tiffins. Y así me callen la boca.
Seguiré a la búsqueda de mi mundo perdido.

sábado, 16 de julio de 2016

Un día en México City (Parte II)

Caminar por La Merced, como hacerlo por cualquier mercado importante centenario de una urbe gigante, es una aventura fantástica. Qué "Cazadores del Arca Perdida" ni qué ocho cuartos...! (En mi cuenta de Twitter <@sergioandrade1o> doy una explicación de esa expresión tan usada y tan mal comprendida). Pasas del mundo del plástico al de la palma; del mundo de madera al de barro; del mundo de los pescados al de los cerdos; y así. Andas siglos y no terminas. A cada paso te das cuenta de que es un universo elástico. Einstein no lo comprendió. El universo no es finito e ilimitado. Es limitado e infinito, por elástico. Así se alarga La Merced mientras la recorres. Y mientras más caminas, más descubres y más pasillos y calles por descubrir se abren frente a ti.
Das de frente con mil comidas: cuatro tacos de tripa por veinte pesos; cuatro de suadero, igual (refresco amontonado en hielera quebrada, Jarritos o similar, por diez pesos); quesadilla de papa, donde el típico nombre chilango se impone al contenido, quince pesos; la clásica gordita de chicharrón, igual, con relleno opcional de lechuga, queso y salsa al gusto del tragón... Al pasar Anillo de Circunvalación, caminando sobre Fray Servando rumbo a Chapultepec, te encuentras con un comedero sui generis: Rosticería San Marcos.



Al pasar por ahí recordé otro, de gran tradición en esta capirucha, que se me perdió hace poco y forma parte de ese mi mundo perdido que aún procuro: Los Guajolotes, presente en algún espacio temporal allá por Insurgentes y San Antonio, a unos pasos del hotel El Greco, de amatorias memorias. Bajaba uno cansado y hambriento del 204 con la pareja en turno y caminaba treinta pasos al encuentro de las gordas retacadas chorreantes encremadas suculentas tortas de chorizo o pierna. Pollo rostizado, sopes, enchiladas. Todo de magnífica categoría culinaria y señaladamente diferente a lo de los otros restaurantes del rumbo. Ahora, desde hace poco, ese sitio también se me ha perdido, ay...!, forma parte de la estructura ausente del mundo que pretendo recobrar, aunque sea a golpes de calcetín al andar  desolado y nostálgico en mis New Balance negros destartalados con agujeros a la altura del segundo metatarsiano por calles de la Nápoles llenas de miles de mediocres comederos, vacías ya de Los Guajolotes. Hoy, que me arrastro fatigado por la búsqueda infructuosa de mis portaviandas perdidos, aquellos tiffins hindúes de herencia gran británica, vislumbro ese par de filas que atraen la mirada de uno primero y luego lo jalan a uno hacia el lugar donde, por un lado, quince personas esperan para entrar al comedor y, por el otro, treinta indigentes gastronómicos aguardan pacientes en una cola callejera para avanzar bajo las carpas improvisadas cuatro pasos cada diez minutos, conforme van saliendo los pollos de los rosticeros múltiples, entre cubetazos de grasa y aserrín alborotado, e intuyo en este soso deambular dominical que la Rosticería San Marcos podría curarme la tristeza cotidiana por la ausencia de aquélla, la que ya no está en contra esquina de uno de los eternos Sanborns (ésos no se van). Heme entonces aquí, asombrado, en la San Marcos, asadero de pollos que juegan con la paciencia de la gente desde finales de los sesenta, en el siglo pasado.


Qué regalan, o qué?-me dice mi yo externo. Y yo qué he de saber...?!-le respondo- es la primera vez que vengo aquí! Decido postergar mi paseo y comer, no ya por hambre, pues los tacos y las gordas me pusieron más que a tono, sino por la curiosidad del lance. Luego de una hora formado sufriendo en mis pantorrillas los golpes inconscientes de una mocosa cincoañera juguetona atrás de mí en la fila con su mamá disléxica, y después de ver pasar un auténtico desfile de grupitos de punks tardíos quintomundistas peinados à la Strummerottenvicious sus cabellos entintados y cincuenta parejas de albañiles con la estudiante secundariana en turno, llego a la tierra prometida. Pido un pollo en paquete, con papas, ensalada y tortillas.


Pago $114 pesos. Camino hacia el estacionamiento y me meto al auto a comerlo con una amiga. Son tan buenos los pollos de la Rosticería San Marcos como hacen suponer las largas filas? Vale la pena la espera de más de una hora para poder comerlos? Me curaron la nostalgia por Los Guajolotes desmontados? No sabría responder. Buenos son, sí. Qué tanto? Quién sabe. Es como esperar a una cita que no se acaba de arreglar cinco horas para ir a dar una vuelta al parque y luego al cine. Vale la pena? Después de que la dignidad y el tiempo cósmico de uno se agotó en la espera, casi cualquier cosa viene bien.

Ahí mi amiga y yo, entre lengüetazos a los muslos (del pollo), tacos improvisados con pechuga (del pollo), ensalada de col y papas fritaguadas, comentamos con los labios grasosos y las bocas llenas, qué habrá sido de Los Guajolotes? Ella, más de esta generación del mecerse en la red y navegar océanos virtuales, mete en el buscador de su iPhone "Los Guajolotes" y me dice que aparentemente allá por Lomas hay una nueva versión del mismo negocio, que los comentarios apuntan a que son carísimos y el artículo dice que están operados por antiguos empleados de Los Guajolotes a quienes uno de los dueños les surte los alimentos, les pasa las recetas y les suministra platillos ya empacados al vacío para que pueda ofrecérsele al público lo más parecido a lo original. De modo que parece que Los Guajolotes aún están en algún punto del Valle de México y que no se me andan tan perdidos; quizá yo me les perdí a ellos y sea yo el extraviado.

lunes, 11 de julio de 2016

Un día en México City (Parte I)

Nací en Coatzacoalcos, ciudad antiquísima cuyo nombre en náhuatl significa "lugar del encierro de la serpiente", o "donde se mete o se esconde la serpiente". Siempre fue pueblo, desde que lo fundaron los supuestos seguidores de Quetzalcóatl, hasta los intentos colonizadores de Cortés por la ribera del lado de Allende, hasta los años en los que pasé allí mi infancia, y aun ahora, a pesar de las calles, los complejos industriales dentro del alcance de las llamas, y algún McDonald's. Pueblo. Con lo que de positivo y hermoso conlleva el término, pero pueblo al fin, sin los aceleres, números exorbitantes y despiporres de la gran ciudad. Será por eso que a lo largo de mi vida he buscado la provincia; ya en los Estados Unidos, ya en España, o aquí mismo, me he dejado seducir por las vibraciones de Santa Bárbara, Pasadena, Alhaurín de la Torre y -por supuesto, Zihuatanejo y Cuernavaca. Pero luego, se hace necesario viajar a la gran ciudad, para encontrar algunos de los elementos de mi mundo perdido. Ya no llego a la Ciudad de México, como llegaba a mis diez años, sorprendido por el tráfico, las luces, los autos, la iluminación navideña, las multitudes y los edificios de muchos pisos. (En Coatzacoalcos el que más tenía, tenía tres). Ahora llego con mirada cansada y ya no me sorprende ni la gigantesca nube negra ni los olores a papayas podridas y vaginas tumefactas y purulentas sobre los que me extendí escribiendo en mi novela "Malaliento" (Editorial Alaminos / 2011). Llego con pesar, con angustia, con prisa. Sin embargo, la ciudad es tan mágica que uno no puede dejar de admirar la belleza en su particular fealdad, y lo que más pesa es el descuido de las autoridades que la mantienen sucia, llena de basura, sin tambos, por lo menos en cada tres esquinas, que le permitieran al ciudadano comenzar a ejercitar su sentido de la limpieza y la higiene urbanas; el tremendo desinterés de las autoridades por embellecer e iluminar los monumentos históricos y su tremenda incapacidad por diseñar una urbe habitable, agradable y conveniente. Pero había que venir. Mission: Impossible "Deberá usted caminar por las calles preguntando como idiota obsesivo en dónde venden portaviandas metálicas, de aquéllas, de acero inoxidable o aluminio, en que los trabajadores acomodaban en sus diferentes compartimientos la sopa, el arroz y el guisado, para irse a trabajar ya con su almuerzo preparado. Si decide aceptar su misión, esta grabación se autodestruirá en cinco segundos". Ni el mismo Ethan Hunt hallaría esos dichosos portaviandas, fiambreras -como les dicen en otros lados-. Crucé Fray Servando, llegué a la Merced, la recorrí completa, calles aledañas incluidas, preguntaba a empleadas desilusionadas de la vida trabajadoras domingueras refunfuñonas, a payasitas sospechosamente risueñas coquetonas insinuantes, a taqueros improvisados, a vendedores de nieve enchamoyada, a dependientes de locales de peltre y lámina, a prostitutas tempraneras... Nadie sabía dónde podría yo comprar de esos portaviandas que hacían antes para poner tres o cuatro trastecitos con las diferentes entradas de la comida por separado?

Llegué al anexo de la Merced, un mundo de lata, de metal, de cazos para hacer carnitas y estufones de a $800 pesos, entré por pasillos absorbentes de mercancías apretujadas donde la mirada se descuadra y nubla ante la variedad de chácharas. Vaya usted al pasillo seis, pregunte por el Woody... por el Edgar... por el señor Hugo... por la señora Estela... Sentí como si estuviera buscando una droga especial, un papiro egipcio robado y traído a las Américas en tiempos de Avellaneda, un código nazi de efectos retardados para causar el fin del mundo mixteca. Cero. Nada de portaviandas, al menos de ésos que yo buscaba. "No! Ésos ya no los hacen, ya nadie los compra, como ahora hay comida por todos lados, uno llama al Kentoqui y hasta le traen los pollos...!". Terminé agotado. Pero soy terco. Ése es mi mayor defecto y mi mayor cualidad. Hijo dilecto de Cuauhtémoc y Cortés. La próxima semana vendré y me echaré el tour de Corregidora, que alguien ya me dijo que por ahí tal vez lo encuentre.

miércoles, 6 de julio de 2016

San Fermín, o lo que nunca ocurrirá

Lanzado el chupinazo. Comienza San Fermín. Un año más, y es como si me entrara una nostalgia adelantada. Yo, que ya de plano ando a la búsqueda del mundo que se me perdió, constato cada día que se me siguen perdiendo cosas, casi como un abuelo con Alzheimer que empieza por no encontrar sus llaves, luego no halla su sweater ni la pantufla derecha, y acaba por perder quince o veinte palabras por día. Y es que pareciera el mundo mismo empeñado en transformarse en algo que no era. El obispo, arzobispo, archipiélago... o como quiera que se llame, que yo en esto de los títulos eclesiásticos ando fallo... de  la catedral de Toluca, ha comenzado una campaña tan absurda, retrógrada y pamplinesca (nada que ver con Pamplona) cuanto la otra en que se han empeñado él y sus amigos, de manifestarse abiertamente contra los matrimonios de homosexuales, y ésta se refiere a que las mujeres dejen de ir a la iglesia en minifalda, con escotes exageradamente llamativos, pantalones ajustados bien untaditos en las nalgas de ésos que hacen que se le antoje a uno y que precisamente acabe uno por alabar a Dios aun más por las bellezas de su creación... y quieren prohibir todo atuendo que sea contrario precisamente a los gustos del Altísimo, o que acabe por ofenderlo. Arrepentíos...! Tíos...! Sobrinos! Primos, hermanos y demás! De tantos pecados que llevan en el alma incluso aquél de querer ir a misa los Domingos para apreciar las atractivas carnalidades femeninas que pareciera se esmeran en acicalarse esos días más ya sea para demostrarnos in extremis et in corpores plus que perfectos (perdón, cursé latín en segundo de Prepa 2,  en Licenciado Verdad y hasta saqué MB, pero tantos años de no hablarlo ni leerlo entorpecen la lingua), que Dios sí existe y creó volúmenes tales precisamente para que se nos facilitara crecer y multiplicarnos, o porque al acabar la misa se irán directamente al primer centro comercial que se les aparezca,  o quizá porque saben que allá en la iglesia les puede resultar un buen novio, un enamorado católico, un partido interesante. De modo que preveo que las misas se nos irán convirtiendo en este mundo, poco a poco, en ministerios de prudencia prêt à porter y en oficios medievales o del tipo jerezano con blusas corridas hasta la oreja y faldas bajadas hasta el huesito. Del mismo modo, el Ayuntamiento de Pamplona ha decidido comenzar a meter mano en los "san fermines" para que se acabe eso del manoseo y las fotos de los manoseos y los manoseos de los manoseadores a las jóvenes alegres y bustonas y gustonas, que se han solido dar desde tiempo atrás. Sí, esas fotos que hacían nuestro deleite cuando, púberes ansiosos por alcanzar la adolescencia, descubríamos en las páginas de algún tabloide una finlandesaza, noruegaza o españolaza en topless encima de los hombros navarros de un vasco, recibiendo una que otra caricia apasionada de amigos y espectadores aledaños, tendrán que ir desapareciendo pues hasta policía habrá para evitar lo que las feminazis se encargan de etiquetar como "actos sexistas". Óooole! Ni qué decir -porque no lo escuchan a uno-, que en este tipo de asuntos todos se vuelven más papistas que el Papa, pues así como hay hombres manoseando chicas, hay mujeres manoseando chicos, no tan chicos y hasta bien maduros, especialmente de donde cuelgan ya maduros los frutos que ellas manosean. Por otra parte, resulta claro que aunque el manoseo no pedido resulta desagradable y completamente irrespetuoso, fuera de lugar y ofensivo tanto para la mujer que lo sufra, como para el hombre que lo reciba, hay hombres y mujeres y gays, que salen a este tipo de festividades, a conciertos, a encerronas (no sólo con toros y de toros) y a ferias del tomatazo y similares, pidiéndolo a gritos. Hasta la t-shirt se levantan para bailotear los senos cual si fuera guignol en carpa callejera. Ni hablar. Ya en este año veremos menos de eso, y dentro de unos años quizás acaben hasta por quitar los toros de las festividades san ferminas, para evitar que se nos cansen y que haya un cruel maltrato animal al hacerlos correr tan en acelerada desbandada tras nosotros. Pobre de mí, seguiré a la búsqueda del mundo perdido.

martes, 5 de julio de 2016

Gimme mo'butter!

Traigo un caso de amor con la mantequilla desde hace muchos años. Una especie de nasty affaire con ella desde la infancia (espántense, moralinos! -desde la infancia mía, no la de ella- espántense igual!). Ella es mujer viejísima, díganme ustedes si no: 10,500 años...y contando. Me enviaba mi mamá por las calles solitarias de Coatzacoalcos de un Veracruz mucho menos castigado y peligroso que el actual, iba yo a comprar un cuarto de jamón cocido de pierna en rebanada muy delgada y cuatro barras de mantequilla Gloria (oh!, qué la...), sí, ese era el nombre y sigue siendo (no hard feelings ni asociaciones gratuitas indebidas, aunque justificadas, con otras del mismo nombre, que hay muchas). Me comía después en la merienda, que se estilaba allá en esa época antes de la cena tardía, un montón de tortillas con nata, hot-cakes mexicanos los bautizaba yo en un desplante de desfachatez de goloso gordinflón desde la infancia; o un montón equivalente pero con mantequilla... ésa. No había otra igual. Desarrollé una pasión de por vida por las buenas mantequillas el día en que un carguero bajó en el muelle de Puerto México, que aún le decíamos así algunos, o simplemente Puerto, un contenedor con latas de mantequilla holandesa, háganme el favor! mantequilla de la buena a nivel mundial, y de las mejores, de las añejadas. De manera que el pan Bimbo, los bolillos, las tortillas, los totopos y los tamales de elote jamás volvieron a saberme igual que cuando acompañados por trozos generosos, como les encanta ahora decir a los aprendices de chef de cuisine, de mantequilla de Holanda. El mundo cambió y luego la mantequilla y sus amantes compulsivos, como yo, comedores desabastados siempre enajenados por engrosar la capa untada a los panes tostados, sufrimos de la persecución y las críticas. Primera de mis persecuciones por asuntos de amor. Los especialistas en medicina dijeron que la mantequilla era causante de muertes tempranas, mi madre dijo "Bájale ya!", las publicaciones multiplicaron sus artículos hablando de los peligros de la mantequilla y se volvió la pobre goldilocks una amenaza proscrita de la mesa. Como todo buen asunto entre amantes separados injustamente y a destiempo, me seguí viendo con ella, lamiéndola, llevando a mi boca sus porciones corpóreas, derritiéndome junto a ella al sentirla ingresar a mi cuerpo... No es nuestro país pródigo en productos lácteos de buena calidad -corrijo!-: hay artesanos tan buenos como el que más a nivel mundial para hacer buenas mantequillas, y da para probarlas por aquí y por allá en rancherías, pueblos y comarcas alejadas, en campos de menonitas, en caseríos del sureste-; hablo de los productos industrializados que llegan a Chedraui, a la Comer, a Soriana, a Bodega Aurrerá y demás engendros imitaciones de verdaderos supermercados del mundo moderno, listos para ser vendidos al paupérrimo poder adquisitivo de nuestra humilde raza. Los precios no dan para hacer chuladas ni caprichar mucho, dicen los empresarios; hasta Santa Clara comenzó a un nivel y ya le bajó. Los elitistas entre mis lectores, chiquillos hipsters, andarán diciendo ya a sus intimidades: "Y en dónde diablos compra el Andrade? Qué, no sabe que hay Walmarts, Sams, Costcos, City Markets, y demás?"Sí, lo sé, pero aun ahí es difícil hallar mantequilla de la buena. Costco vendió un tiempo Elle & Vire y eché campanas al vuelo! Hasta que, pronto, suspendió la venta por aquello de no la compran tuvimos que rematarla casi nadie la pide. Se tiene uno que ajustar a la President (cebosa), la Lurpak (más o menos razonable), etc. O francamente ir a las gourmeterías (así dicen en la Roma) a pedir que importen mantequillas, danesas, holandesas y similares, para que nos comiencen a llegar directitas de la aduana, productos de importación para mantequillainómanos incurables, como un servidor. No es fácil. Y no la quiero para usarla como Brando en María Schneider, que también para eso sirve y mucho mejor que la margarina, sino para comérmela. También. Sigo a la búsqueda del mundo perdido...

lunes, 4 de julio de 2016

Grito angustioso de presentación

Gu-gu-gu-yub...o goo-goo-goo-jub... No recuerdo la grafía correcta, sólo la tonada, el sonsonete, el ritmo machacón...Gu-gu-gu-yub...I am the eggman...You are the eggman...I am the walrus...! Los Beatles dándole a la canción de John Lennon con la fe de la psicodelia, sin trabas ni medidas, haciendo una de las canciones más originales de la música pop, e inmediatamente me viene a la mirada la imagen de JustinLong-morsa en esa transformación alucinante aunque malhechota de la película de Kevin Smith, Tusk, película  inquietante, canción inquietante aquélla de los Beatles, de John, porque Paul, aun con toda su capacidad y talento, no podía, ni podría, generar un I am the walrus, ni un film como Tusk, ni nada que se le parezca.
Yo despierto a la luz reconociendo que me faltan cosas en este mundo, y eso es suficiente para iniciar un nuevo blog de inquietudes, un lugar textual donde me queje de lo que no encuentro en este nuevo mundo de los años teen del nuevo milenio. Y busco y busco y no encuentro aquella forma de escribir de,por ejemplo, John Lennon, de Morrison y Manzarek, del grupo Procol Harum, vamos, ni siquiera encuentro una flautita à la Jethro Tull, perdón, pero no la encuentro, y no se trata, rata, de andar por la vida añorando cosas tiempos idos juventudes pasadas épocas fundidas ya en el universo de las memorias comunes aplanadas, no se trata de eso, ni del clásico "Todo tiempo pasado fue mejor" de Manrique (o era: "Todo tiempo, pasado, fue mejor"?), aunque la psicología propia nos lo grite, pues qué puede ser mejor que un tiempo pasado de nuestras vidas donde nos hallábamos más lejos de la muerte, apenas saliditos del vientre de la cuna de la escuela y haciendo nuestros experimentos juveniles para encontrarle el chiste a la vida, el modo al sexo, la forma al amor, si es que hay alguno...? Yo miro para izquierda y derecha, y entro a iTunes, y me alcanza Spotify en la nuca ofreciéndome sus algoritmos inventados, Uber de las carreteras del sonido, pues, y no encuentro esa forma de componer desde dentro de la angustia, de la locura, de la droga, del impulso auténtico que lucha por salir y gritar kill your father...fuck your mother...con las puertas de la percepción abiertas a todo lo que dan, sólo por gritarlo, sólo por querer darse el lujo de grabar todo un lado del LP con cítaras y percusiones hindúes, cual George Harrison en el tercer disco de All things must pass, no encuentro más que imitaciones de imitaciones, producciones de "grandes" productores contratados para hacer el vestidito a la medida a la niña, a la joven señora, un LBD para el cokctelito de las cinco del martes de la semana próxima donde presentaremos el nuevo disco de la estrella que deberá cumplir con las expectativas y las proyecciones de ventas para treinta países porque hemos contratado a esta tipa y son muchos millones de dólares, carajo, y hay que vender millones de bajadas al primer día, y cientos de miles de copias de vinilos en la primera semana, pues si no, nos corren, güey, no por algo nos contrataron como A&R de la transnacional y nos pagan en dólares de Miami y el traje de la chica tiene que salir al gusto musical de todos, desde Anchorage hasta Ushuaia, no estamos para hacer arte, ni para hacerle al Lennon, ni para jugárnosla con originalidades que vengan a entender de aquí a cien años, como Berlioz a Bach, estamos para dar resultados con musiquita agradable, con letras bien planeadas que le lleguen a los millennials, hipsters, zeros y demás, con canciones variadas que estén en diferentes ritmos pa´que bailen todos, desde Ibiza hasta Campeche, con hiphopeadas, reggaetoneadas y dance, dance, dance, electronic danzeeeee! Te extraño, Lennon, where the fuck are you? Tu mujer ni con la inercia de tu empuje, ni porque verla es como verte a lo lejos sobre la escalera del "Sí", ni porque la lucha le hace... Sigo a la búsqueda del mundo perdido.