miércoles, 27 de julio de 2016

El País de los Diez Minutos

Cuando era niño me exasperaba escuchar a mis amigos responderme: "Mañana te lo traigo". El baboso de Sergito había prestado un libro, libro...libro, de ésos que tienen muchas hojas cosidas o engomadas, pegadas del lado izquierdo, y se van leyendo pasando las hojas con las manos -usualmente una por una y los mal educados mojándose con saliva los dedos para que no se les peguen (las hojas)- desde el principio hasta el final. Muchos de mis actuales lectores apenas habrán conocido uno o dos libros en su vida. Algunos, tres -aunque no los recuerden-. La mayoría, ninguno. O sólo los de texto. (Los detesto). Pero los libros de texto no se leen, se estudian. Bueno, ése es un eufemismo inexistente en nuestro país. La mayoría de nuestros "estudiantes", ni los leen, ni los estudian.
Antes, en un mundo perdido, solíamos leer. Libros. Bueno, tampoco te adornes mucho, papá; que ustedes, de jóvenes, hayan leído más libros en tus tiempos es porque no había Internet. Si hubiesen existido la Red, Youtube, Twitter y Netflix, los libros también les habrían valido madre, como a nosotros, o no? Y eso de que los leían, pues uno que otro, porque la táctica de presentar un resumen o un ensayo sobre alguna novela de Dostoyevsky o de Balzac leyendo una de cada diez páginas y por encimita para sacar lo esencial y terminar por lo menos a las cinco de la mañana, bañarse y tomar corriendo el camión La Villa-UNAM, ha existido desde siempre. Hugh Hefner halló el elemento fundamental para introducir los desnudos en una sociedad que ya los necesitaba para consumirlos abiertamente: disfrazó a su Playboy de intelectual, les pagó a escritores de peso novelistas famosos articulistas sesudos y envolvió a las conejitas enseña pubis con un celofán de ensayos intelectualoides y moños de arte literario, para que pudieran decir los jóvenes y señores de entonces: "Estoy leyendo el cuento de Bradbury...está muy bueno", cuando en realidad se la estaban jalando a más no poder con el póster central! De modo que, papá, ubiquémonos: Ni ustedes leían tanto ni nosotros tan poquito, que bastante hacemos con leer los 140 caracteres de Twitter, hazaña sin parangón para iletrados que con trabajo terminamos la Prepa o el CONALEP.
Pero leer el prólogo o la contraportada de alguna novela de Murakami en la sección de libros de Sanborns para poder citar una que otra frase cuando te ligues a la güerita de Filosofía en el Starbucks de Satélite, tampoco cuenta como leer, m'ijo, y nosotros, en mis tiempos, de cualquier forma, sí leíamos.
Y los ingenuos, como yo, hasta prestábamos nuestros libros, para no verlos nunca más o venirlos a encontrar en alguna librería de viejo de por Justo Sierra, atrás de San Ildefonso. Mientras eso ocurría, sólo escuchábamos: "Mañana te lo traigo, en serio, Sergio, mañana te lo traigo".
Durante años, México fue considerado y abundantemente analizado como el País del Mañana. "Mañana te pago", "Mañana te lo traigo", "Mañana sí vamos al cine...". Mañana cambiaremos, mañana superaremos la pobreza, mañana ya no habrá corrupción, un nuevo mañana nos espera correligionarios camaradas! Un país donde todo se posponía, donde las promesas se pasaban para el día siguiente, hasta los rotulitos de las misceláneas hacían mofa: "Hoy no se fía, mañana sí".
Pero los tiempos cambian y las relatividades se aceleran. El tiempo se encoge mientras más rápido vamos. Ahora todo va de prisa. Y esa magia del mañana también se nos perdió. Ha sido substituida por la de los diez minutos.
"En diez minutos llego", "En diez minutos salgo para allá", "Tú vete ya, te llamo en diez minutos""DeverasyaestoyterminandoeldiseñoenunosdiezminutostelomandoporYouSendIt...".
Y la frase máxima: "Ya estoy lista, en diez minutos bajo".
(Silencio total)
O una mejor: "Tenemos diez minutos, lo hacemos?
(Música de Morricone, o algún tango à la Gato Barbieri para "El Último Tango en París")
Mi MANTEQUILLA.....!!!!!!
En fin.
El mañana de antes era poético y de algún modo daba cierta esperanza. En una noche pueden suceder muchas cosas, hasta modificarse la inclinación del eje de rotación terrestre...
Pero "diez minutos"? Además de burda y simplona la expresión nos convence de que nos están tomando el pelo y de que nuestro interlocutor ha escogido un lapso de tiempo menor para resultar más convincente: Seguro que si le digo "en diez minutos estoy ahí" la idiota se la va a tragar completa (la frase). Y la que escucha no es tonta y sabe que le dices "diez minutos" porque tratas de calmarla para que no se vaya y espere un poco más, sólo un poco más. De poco en poco acabará esperando lo que hagas de Reforma a la Nápoles en tarde lluviosa de julio.
Esos "diez minutos" son patéticos para el que los dice y más patéticos para el que se los cree; son burdos y engañosos, falsamente engañosos. Son terribles.
Prefiero aquellos "mañana...". Pero ésos, habrá que irlos buscando cada vez más en este nuevo mundo de mis cosas perdidas.

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