Nací en Coatzacoalcos, ciudad antiquísima cuyo nombre en náhuatl significa "lugar del encierro de la serpiente", o "donde se mete o se esconde la serpiente". Siempre fue pueblo, desde que lo fundaron los supuestos seguidores de Quetzalcóatl, hasta los intentos colonizadores de Cortés por la ribera del lado de Allende, hasta los años en los que pasé allí mi infancia, y aun ahora, a pesar de las calles, los complejos industriales dentro del alcance de las llamas, y algún McDonald's. Pueblo. Con lo que de positivo y hermoso conlleva el término, pero pueblo al fin, sin los aceleres, números exorbitantes y despiporres de la gran ciudad. Será por eso que a lo largo de mi vida he buscado la provincia; ya en los Estados Unidos, ya en España, o aquí mismo, me he dejado seducir por las vibraciones de Santa Bárbara, Pasadena, Alhaurín de la Torre y -por supuesto, Zihuatanejo y Cuernavaca. Pero luego, se hace necesario viajar a la gran ciudad, para encontrar algunos de los elementos de mi mundo perdido. Ya no llego a la Ciudad de México, como llegaba a mis diez años, sorprendido por el tráfico, las luces, los autos, la iluminación navideña, las multitudes y los edificios de muchos pisos. (En Coatzacoalcos el que más tenía, tenía tres). Ahora llego con mirada cansada y ya no me sorprende ni la gigantesca nube negra ni los olores a papayas podridas y vaginas tumefactas y purulentas sobre los que me extendí escribiendo en mi novela "Malaliento" (Editorial Alaminos / 2011). Llego con pesar, con angustia, con prisa. Sin embargo, la ciudad es tan mágica que uno no puede dejar de admirar la belleza en su particular fealdad, y lo que más pesa es el descuido de las autoridades que la mantienen sucia, llena de basura, sin tambos, por lo menos en cada tres esquinas, que le permitieran al ciudadano comenzar a ejercitar su sentido de la limpieza y la higiene urbanas; el tremendo desinterés de las autoridades por embellecer e iluminar los monumentos históricos y su tremenda incapacidad por diseñar una urbe habitable, agradable y conveniente. Pero había que venir. Mission: Impossible "Deberá usted caminar por las calles preguntando como idiota obsesivo en dónde venden portaviandas metálicas, de aquéllas, de acero inoxidable o aluminio, en que los trabajadores acomodaban en sus diferentes compartimientos la sopa, el arroz y el guisado, para irse a trabajar ya con su almuerzo preparado. Si decide aceptar su misión, esta grabación se autodestruirá en cinco segundos". Ni el mismo Ethan Hunt hallaría esos dichosos portaviandas, fiambreras -como les dicen en otros lados-. Crucé Fray Servando, llegué a la Merced, la recorrí completa, calles aledañas incluidas, preguntaba a empleadas desilusionadas de la vida trabajadoras domingueras refunfuñonas, a payasitas sospechosamente risueñas coquetonas insinuantes, a taqueros improvisados, a vendedores de nieve enchamoyada, a dependientes de locales de peltre y lámina, a prostitutas tempraneras... Nadie sabía dónde podría yo comprar de esos portaviandas que hacían antes para poner tres o cuatro trastecitos con las diferentes entradas de la comida por separado?
Llegué al anexo de la Merced, un mundo de lata, de metal, de cazos para hacer carnitas y estufones de a $800 pesos, entré por pasillos absorbentes de mercancías apretujadas donde la mirada se descuadra y nubla ante la variedad de chácharas. Vaya usted al pasillo seis, pregunte por el Woody... por el Edgar... por el señor Hugo... por la señora Estela... Sentí como si estuviera buscando una droga especial, un papiro egipcio robado y traído a las Américas en tiempos de Avellaneda, un código nazi de efectos retardados para causar el fin del mundo mixteca. Cero. Nada de portaviandas, al menos de ésos que yo buscaba. "No! Ésos ya no los hacen, ya nadie los compra, como ahora hay comida por todos lados, uno llama al Kentoqui y hasta le traen los pollos...!". Terminé agotado. Pero soy terco. Ése es mi mayor defecto y mi mayor cualidad. Hijo dilecto de Cuauhtémoc y Cortés. La próxima semana vendré y me echaré el tour de Corregidora, que alguien ya me dijo que por ahí tal vez lo encuentre.
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lunes, 11 de julio de 2016
Un día en México City (Parte I)
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martes, 5 de julio de 2016
Gimme mo'butter!
Traigo un caso de amor con la mantequilla desde hace muchos años. Una especie de nasty affaire con ella desde la infancia (espántense, moralinos! -desde la infancia mía, no la de ella- espántense igual!). Ella es mujer viejísima, díganme ustedes si no: 10,500 años...y contando. Me enviaba mi mamá por las calles solitarias de Coatzacoalcos de un Veracruz mucho menos castigado y peligroso que el actual, iba yo a comprar un cuarto de jamón cocido de pierna en rebanada muy delgada y cuatro barras de mantequilla Gloria (oh!, qué la...), sí, ese era el nombre y sigue siendo (no hard feelings ni asociaciones gratuitas indebidas, aunque justificadas, con otras del mismo nombre, que hay muchas). Me comía después en la merienda, que se estilaba allá en esa época antes de la cena tardía, un montón de tortillas con nata, hot-cakes mexicanos los bautizaba yo en un desplante de desfachatez de goloso gordinflón desde la infancia; o un montón equivalente pero con mantequilla... ésa. No había otra igual. Desarrollé una pasión de por vida por las buenas mantequillas el día en que un carguero bajó en el muelle de Puerto México, que aún le decíamos así algunos, o simplemente Puerto, un contenedor con latas de mantequilla holandesa, háganme el favor! mantequilla de la buena a nivel mundial, y de las mejores, de las añejadas. De manera que el pan Bimbo, los bolillos, las tortillas, los totopos y los tamales de elote jamás volvieron a saberme igual que cuando acompañados por trozos generosos, como les encanta ahora decir a los aprendices de chef de cuisine, de mantequilla de Holanda. El mundo cambió y luego la mantequilla y sus amantes compulsivos, como yo, comedores desabastados siempre enajenados por engrosar la capa untada a los panes tostados, sufrimos de la persecución y las críticas. Primera de mis persecuciones por asuntos de amor. Los especialistas en medicina dijeron que la mantequilla era causante de muertes tempranas, mi madre dijo "Bájale ya!", las publicaciones multiplicaron sus artículos hablando de los peligros de la mantequilla y se volvió la pobre goldilocks una amenaza proscrita de la mesa. Como todo buen asunto entre amantes separados injustamente y a destiempo, me seguí viendo con ella, lamiéndola, llevando a mi boca sus porciones corpóreas, derritiéndome junto a ella al sentirla ingresar a mi cuerpo... No es nuestro país pródigo en productos lácteos de buena calidad -corrijo!-: hay artesanos tan buenos como el que más a nivel mundial para hacer buenas mantequillas, y da para probarlas por aquí y por allá en rancherías, pueblos y comarcas alejadas, en campos de menonitas, en caseríos del sureste-; hablo de los productos industrializados que llegan a Chedraui, a la Comer, a Soriana, a Bodega Aurrerá y demás engendros imitaciones de verdaderos supermercados del mundo moderno, listos para ser vendidos al paupérrimo poder adquisitivo de nuestra humilde raza. Los precios no dan para hacer chuladas ni caprichar mucho, dicen los empresarios; hasta Santa Clara comenzó a un nivel y ya le bajó. Los elitistas entre mis lectores, chiquillos hipsters, andarán diciendo ya a sus intimidades: "Y en dónde diablos compra el Andrade? Qué, no sabe que hay Walmarts, Sams, Costcos, City Markets, y demás?"Sí, lo sé, pero aun ahí es difícil hallar mantequilla de la buena. Costco vendió un tiempo Elle & Vire y eché campanas al vuelo! Hasta que, pronto, suspendió la venta por aquello de no la compran tuvimos que rematarla casi nadie la pide. Se tiene uno que ajustar a la President (cebosa), la Lurpak (más o menos razonable), etc. O francamente ir a las gourmeterías (así dicen en la Roma) a pedir que importen mantequillas, danesas, holandesas y similares, para que nos comiencen a llegar directitas de la aduana, productos de importación para mantequillainómanos incurables, como un servidor. No es fácil. Y no la quiero para usarla como Brando en María Schneider, que también para eso sirve y mucho mejor que la margarina, sino para comérmela. También. Sigo a la búsqueda del mundo perdido...
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