Das de frente con mil comidas: cuatro tacos de tripa por veinte pesos; cuatro de suadero, igual (refresco amontonado en hielera quebrada, Jarritos o similar, por diez pesos); quesadilla de papa, donde el típico nombre chilango se impone al contenido, quince pesos; la clásica gordita de chicharrón, igual, con relleno opcional de lechuga, queso y salsa al gusto del tragón... Al pasar Anillo de Circunvalación, caminando sobre Fray Servando rumbo a Chapultepec, te encuentras con un comedero sui generis: Rosticería San Marcos.
Al pasar por ahí recordé otro, de gran tradición en esta capirucha, que se me perdió hace poco y forma parte de ese mi mundo perdido que aún procuro: Los Guajolotes, presente en algún espacio temporal allá por Insurgentes y San Antonio, a unos pasos del hotel El Greco, de amatorias memorias. Bajaba uno cansado y hambriento del 204 con la pareja en turno y caminaba treinta pasos al encuentro de las gordas retacadas chorreantes encremadas suculentas tortas de chorizo o pierna. Pollo rostizado, sopes, enchiladas. Todo de magnífica categoría culinaria y señaladamente diferente a lo de los otros restaurantes del rumbo. Ahora, desde hace poco, ese sitio también se me ha perdido, ay...!, forma parte de la estructura ausente del mundo que pretendo recobrar, aunque sea a golpes de calcetín al andar desolado y nostálgico en mis New Balance negros destartalados con agujeros a la altura del segundo metatarsiano por calles de la Nápoles llenas de miles de mediocres comederos, vacías ya de Los Guajolotes. Hoy, que me arrastro fatigado por la búsqueda infructuosa de mis portaviandas perdidos, aquellos tiffins hindúes de herencia gran británica, vislumbro ese par de filas que atraen la mirada de uno primero y luego lo jalan a uno hacia el lugar donde, por un lado, quince personas esperan para entrar al comedor y, por el otro, treinta indigentes gastronómicos aguardan pacientes en una cola callejera para avanzar bajo las carpas improvisadas cuatro pasos cada diez minutos, conforme van saliendo los pollos de los rosticeros múltiples, entre cubetazos de grasa y aserrín alborotado, e intuyo en este soso deambular dominical que la Rosticería San Marcos podría curarme la tristeza cotidiana por la ausencia de aquélla, la que ya no está en contra esquina de uno de los eternos Sanborns (ésos no se van). Heme entonces aquí, asombrado, en la San Marcos, asadero de pollos que juegan con la paciencia de la gente desde finales de los sesenta, en el siglo pasado.
Qué regalan, o qué?-me dice mi yo externo. Y yo qué he de saber...?!-le respondo- es la primera vez que vengo aquí! Decido postergar mi paseo y comer, no ya por hambre, pues los tacos y las gordas me pusieron más que a tono, sino por la curiosidad del lance. Luego de una hora formado sufriendo en mis pantorrillas los golpes inconscientes de una mocosa cincoañera juguetona atrás de mí en la fila con su mamá disléxica, y después de ver pasar un auténtico desfile de grupitos de punks tardíos quintomundistas peinados à la Strummerottenvicious sus cabellos entintados y cincuenta parejas de albañiles con la estudiante secundariana en turno, llego a la tierra prometida. Pido un pollo en paquete, con papas, ensalada y tortillas.
Pago $114 pesos. Camino hacia el estacionamiento y me meto al auto a comerlo con una amiga. Son tan buenos los pollos de la Rosticería San Marcos como hacen suponer las largas filas? Vale la pena la espera de más de una hora para poder comerlos? Me curaron la nostalgia por Los Guajolotes desmontados? No sabría responder. Buenos son, sí. Qué tanto? Quién sabe. Es como esperar a una cita que no se acaba de arreglar cinco horas para ir a dar una vuelta al parque y luego al cine. Vale la pena? Después de que la dignidad y el tiempo cósmico de uno se agotó en la espera, casi cualquier cosa viene bien.
Ahí mi amiga y yo, entre lengüetazos a los muslos (del pollo), tacos improvisados con pechuga (del pollo), ensalada de col y papas fritaguadas, comentamos con los labios grasosos y las bocas llenas, qué habrá sido de Los Guajolotes? Ella, más de esta generación del mecerse en la red y navegar océanos virtuales, mete en el buscador de su iPhone "Los Guajolotes" y me dice que aparentemente allá por Lomas hay una nueva versión del mismo negocio, que los comentarios apuntan a que son carísimos y el artículo dice que están operados por antiguos empleados de Los Guajolotes a quienes uno de los dueños les surte los alimentos, les pasa las recetas y les suministra platillos ya empacados al vacío para que pueda ofrecérsele al público lo más parecido a lo original. De modo que parece que Los Guajolotes aún están en algún punto del Valle de México y que no se me andan tan perdidos; quizá yo me les perdí a ellos y sea yo el extraviado.
Bien dicen el que busca encuentra.
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